Caosmosis y egopolítica limeña II.La ciudad como campo de batalla.

Rafael Ojeda

A los períodos de crisis le siguen otros en los que las contradicciones se hacen más intensas. Contextos críticos en los que la presión de las mayorías sociales sobre el Estado, en pos de obtener una participación mayor en los asuntos nacionales y en los beneficios que la modernidad podría brindarles, entra en contradicción con la excluyente rigidez del aparato institucional y su ordenamiento jurídico que debería protegerlos, pero que, al sentirse desbordado, por lo general no lo hace. Períodos en los que el aparato político suele estar entre dos fuegos. Entre las exigencias de los sectores ultraconservadores, que fácilmente tienden a rebasar -en algunos casos solo aspiracionalmente- los márgenes de la institucionalidad y el estado de derecho, pues, seducidos como están por el autoritarismo, aspiran estos a la represión sin reparos de las protestas populares y demás conflictos sociales; lo cual históricamente ha derivado en la destrucción de la democracia y la “pacificación” vía la ruptura o interrupción del orden constitucional. Y las exigencias de una población fragmentada, que al sentirse excluida, suele manifestarse a través de la acción de distintos bloques de presión.

alessandro papetti

“Ciudades en Movimiento”(serie)- Alessandro Papetti

En este contexto,en el imaginario político social de los sectores conservadores y ultraconservadores, ha ido emergiendo la idea de que, ante las convulsiones sociales, un Estado democrático que considera y respeta los derechos fundamentales y constitucionales de sus ciudadanos, siempre va a tender a ser tímido en sus facultades disuasivas y represoras, frente a los disturbios causados por los movimientos sociales, que pugnan en pos de perentorias reivindicaciones, por lo que, para ellos, la constitucionalidad y la legalidad funcionaría como un lastre para la añorada “armonía social”, una armonía que solo se alcanzaría con la anulación o hipertrofia de los antagonismos sociales. Por lo que, estos ciudadanos de extrema derecha, no comprometidos ni identificados con la constitucionalidad política y el orden democrático, apelarán siempre al recurso del golpe de Estado.

1. Caosmosis y crisis de representación

Hay en la ciudad contemporánea una noción emergente y terminal al mismo tiempo, como punto de partida de incertidumbres e inestabilidades encarnadas en las múltiples manifestaciones caóticas, cuyos efectos han tendido a diseminarse hacia todas las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales de la capital. Inestabilidades que tienden a desbordar las cartografías urbanas y mapeos de ciudadanía, a partir de procesos desbocados, que están demostrando la existencia de una suerte de ósmosis caótica, de influencia recíproca de procesos caóticos o de reciprocidad crítica en sus efectos urbanos.  Por lo que aquí el concepto caosmosis, no tiene el mismo significado o se desliga un poco del que le diera Félix Guattari, en su libro del mismo nombre, al definir lo caósmico como la interacción dinámica del caos y el ordenamiento inestable de lo complejo, presentado como una suerte de danza, coexistencia o “reconciliación entre el caos y la complejidad”[i]; sino que define un contexto urbano inestable, en el que se dan, en ósmosis, una serie de procesos caóticos que se van autoreforzando y articulando, agudizando el espacio crítico, hasta determinar nuevos efectos antropológicos, económicos y culturales, que describen nuevas actitudes sociales y nuevos antagonismos sectoriales, que están determinando las novísimas evoluciones y comportamientos de una población y una ciudad cada vez más enfrentada, fragmentada y caótica, pero interrelacionada.

Todas estas contradicciones y tensiones sociales, fueron confluyendo en las ciudades más importantes del país, urbes que surgieron como focos de aglutinación que movilizaban proyectos unitarios de nación, pero en torno a ideales de progreso y a mitos de desarrollo la mayor de las veces no coincidentes entre sí. Fenómeno que en Lima fue mostrándonos su fase más vertiginosa y salvaje; evidenciando el fracaso de los proyectos unitarios, además de, debido al desborde popular producto de las migraciones campo-ciudad, la obsolescencia del Estado peruano; lo que nos ha impedido, hasta hoy, alcanzar una idea de identidad concreta, que defina un proyecto de nación adherido a una norma ciudadana, ante multiplicidades cada vez más evidentes que pugnan por una inclusión tolerante. Donde Lima, como otras ciudades cosmopolitas de América, se ha convertido en el ejemplo palpable de aquella preocupación fallida que ha significado el proyecto moderno de Estado-nación.

No obstante ello, si esta situación caótica que se retroalimenta así misma, está arrastrándonos al colapso, también desde allí parece vislumbrarse algunas luces de solución, que podrían también leerse desde la cada vez mayor presencia y protagonismo de los movimientos sociales y bloques regionales. Fenómeno que a la vez de albergar sectores que, contradictoriamente, representan a un gran espectro social masificado y fragmentado al mismo tiempo, como la proliferación de los márgenes, pero con incidencias de violencia social, criminalidad, inseguridad ciudadana, insalubridad pública,  pero que por ello mismo, también tiende a crear algunas alternativas que pueden vislumbrarse a partir de lo que el mismo Guattari ha llamado “revolución molecular”[ii],  pero en el sentido positivo del término, como fuerza de desagregación frente a la pulsión general y totalitaria, que marcharía en pos de una suerte de -si lo decimos a la manera de Jacques Derrida- diseminación de protagonismos, como inserción o emergencia de múltiples movimientos resistencias, manifestados a través de huelgas, bloques sociales, movimientos regionales y organización diversas, trasversales y antisistémicas, como síntomas del advenimiento de una crisis mayor, que muestran un escenario en el que existe una contradicción fáctica entre el funcionamiento y acción de la sociedad civil y la acción del Estado, en un escenario de Estados débiles aunque en apariencia tolerantes y democráticos versus Estados fuertes de corte absolutista y autoritario. Lo que nos ubicaría dentro de los márgenes “caosmáticos”, en el interior de las teorías peyorativas sobre los Estado colapsados o fallidos, que en nuestro análisis asumiría la noción de ciudades colapsadas.

Así, las exigencias sociales en pos de visibilización y reconocimiento, hacen que en la ciudad abunden múltiples manifestaciones sectoriales: huelgas y marchas políticas multitudinarias, debidas a que el Estado ya no representa o ha dejado de representar los intereses y aspiraciones de sus electores. Esta crisis de representación democrática, en la que las grandes mayorías, grupos o sectores que en la jerga científico social son contradictoriamente denominados “minorías sociales”, debido a su condición subalterna, en términos de poder, ubicados en una escala inferior de protagonismos políticos sociales, han empezado a nuevamente a desconfiar del aparato político, normativo y civil del Estado, a desconfiar de la política, de la democracia y de su sistema de representación. Lo que está haciendo evidente la incongruencia existente entre los proyectos políticos y urbanos articulados desde el Estado, y las necesidades reales de una población que, debido a su eterna condición de frustración y desprotección, no se siente representada y tiende a exasperarse.

Todo esto, por un lado, al alejar las aspiraciones poblacionales, ideológica y políticamente de la corrección democrática, la seguridad y la normalidad, elementos que han debido de ser provistos o reforzados por el Estado, hizo que algunos sectores de la población terminen repudiando abiertamente la formalidad y la legalidad política, incluso la formalidad de algunos partidos socialistas o “revolucionarios” legales, de la izquierda peruana, para simpatizar con los grupos que durante la década del ochenta, iniciaron la lucha armada en el Perú, en una guerra contra el Estado que, según sus cálculos, debería extenderse desde el campo a la ciudad, es decir, desde el Perú profundo hacia la capital peruana, es decir Lima. Por lo que ha sido ese contexto crítico, aún irresuelto en nuestros días, el que hizo que, durante los años ochenta, la violencia estructural y la sobre extensión de las brechas sociales, hicieran que grupos alzados en armas, como el PCP-Sendero Luminoso y el MRTA, se presentaran como una muestra concreta, descarnada y violenta de la aquella informalidad política y militar, surgida desde el descontento y el olvido de las masas poblacionales de los andes; desprendiéndose desde aquella asimetría que ha dividido a Lima y a la sociedad peruana, desde tiempos coloniales, entre ricos y pobres, poderosos y olvidados, urbanos y rurales, criollos e indígenas, además de los adherentes y los descontentos con un orden a todas luces problemático.

Por otro lado, fue también en esta situación de turbulencias, violencia y conflictos sociales, de corrupción y de la falta de legitimidad de los múltiples poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), y de falta de credibilidad en la clase política, en la que fue madurando, en la sociedad limeña, aquella eviterna debilidad por el autoritarismo, como pulsión hacia el recurso ordenador, unificador y disolvente, que vía la contención de las protestas sociales y políticas, por medio de la represión político-militar, que se dio aquella nueva interrupción del orden constitucional y democrático en el país: el 5 de abril de 1992. Golpe de Estado que, debido al descrédito y la crisis política, fue apoyado por un amplio sector de la población peruana, cometido por el entonces presidente Alberto Fujimori[iii], quien durante aquella noche del 5 de abril, decidió “disolver el Congreso”, terminar con el orden democrático que lo había llevado al cargo, y desconocer la Constitución de 1979. Un golpe denominado cívico-militar, debido a su naturaleza atípica, con el que se quebró nuevamente el orden democrático recuperado hacia solo una década, en 1980, con la juramentación de Fernando Belaunde Terry, luego de un largo período de dictadura militar[iv].

Todo esto fue mostrando que continúa irresuelta la incongruencia existente entre el sistema político y las circunstancias sociales que fueron emergiendo ante lo que Matos Mar ha denominado desborde popular. En un punto en el que el Estado peruano, antes como ahora, se encuentra entre dos fuegos, como en la República de Weimar en la Alemania, previa al ascenso de los nazis al poder: entre los que exigen justicia y la radicalización de la democracia y el de los sectores ultraconservadores filofascistas que desean acabar con el parlamentarismo para que se imponga la fuerza nuevamente.

2. Antipolítica y tentación autoritaria

Cabe recordar que ha sido en un ambiente de crisis como este -es decir en un ambiente de inestabilidades y de carencia de representación-, en el que, durante últimos años de la década del ochenta y los primeros del noventa, se fue creando las condiciones necesarias para que ese nuevo orden dictatorial se imponga, un nuevo orden autocrático articulado tras el advenimiento de Alberto Fujimori al poder. Por lo que podemos decir que tras el autogolpe de Estado del 5 de abril de 1992, la década del noventa significó la irrupción de un nuevo gobierno policiaco, cuyo primer objetivo fue acabar con las instituciones y los partidos políticos, que, a pesar de todo, aún pueden ser vistos como el sustento doctrinal y el espíritu plural de la democracia, dando inicio a un nuevo período de persecución, corrupción y crímenes políticos.

Fujimori, que gobernó entre los años 1990 y 2000, en base a un plan económico diseñado por los organismos financieros internacionales –el FMI y el Banco Mundial-, con el apoyo del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) y el Ejército peruano, asumió el control del Estado, a partir del empoderamiento absoluto del Ejecutivo, tras “disolver” el Congreso de la República y reformar la Constitución Política del Estado, a su antojo. Lo que le fue asegurando la impunidad ante la crueldad y los excesos y abusos de poder. El punto fuerte de sus prácticas políticas fue, sin lugar a dudas, su política antisubversiva y la persecución de sus adversarios políticos. Lo que ocasionó genocidios y violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos, casos descritos ampliamente en el Informe Final  de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR);  un período caracterizado también por una acelerada política de privatizaciones de empresas públicas, negocio que elevó el nivel de corrupción, de malversación, de compra de conciencias, de cinismo y de hurto de las arcas fiscales, a niveles antes nunca vistos.

En ese contexto, cabe recordar que, como Hitler, Fujimori también tuvo su Goebbels en la persona de Vladimiro Montesinos: asesor presidencial, consejero, brazo derecho y jefe del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Algo que hizo que, producto del autoritarismo desatado por el llamado fujimontesinismo, ideológicamente se tuviera casi como bandera oficial, aquella frase atribuida algunas veces Goebbels, pero que probablemente haya pertenecido a Hermann Göring, comandante de la Luftwaffe de Hitler: “Cuando oigo hablar de cultura, echo mano a mi pistola”[v].  Y se cerniera por ello sobre el país, una etapa de corrupción, persecución y oscurantismo que fue alcanzando y contaminando todos los niveles de vida en sociedad. Desde la Iglesia hasta el fútbol; instituciones que fueron utilizadas también como mecanismos de control, dominación y aniquilamiento mental. Debido a esto, tal vez quepa decir que los noventas fue un período “sombrío” y de estupidización social. Un período de barras bravas, de tecnocumbia, de talk shows, de prensa chicha inundada de sangre, sexo e infamia, en el que incluso los clérigos de la Iglesia peruana parecen posesos exaltados, y se vuelven soeces y massmediáticos. Década en la que emerge en el ciudadano de a pie, un “nihilismo espontáneo” que va produciendo una generación “alpinchista”[vi], apolítica y conservadora, que desprecia las ideas y el esfuerzo mental, y hasta empieza a ver sospechoso cualquier tipo de manifestación que se esboce a sus ojos como “politizado” o “culturoso”.

Mas, esta actitud generacional, indiferente y sumisa, puede explicarse como el producto mejor logrado de una política de aniquilación mental, promovida por en el auspicio sistemático, como política de Estado, de una “cultura” de consumo, sustentada en un hedonismo de la simple diversión, ajustada a modas massmediáticas y soporíferas, dirigidas y administradas por la dictadura fujimontecinista. Con psicosociales y “cortinas de humo”, suministrados y diseminados entre la población, por todos los medios audiovisuales y escritos adictos al régimen.

Un período en el que la población se fue haciendo devota de la chismografía, la frivolidad, el autoritarismo, la crueldad y el escándalo, que se sumaba al auge de una industria cultural, que al desplazar a la cultura popular –especificidad que cuando no fue aniquilada, terminó por ser absorbida por el mercado-, tuvo serias repercusiones en la capacidad intelectual y crítica del peruano promedio. Esto debido a que el gobierno fujimontecinista se había encargado de desacreditar a todas las instituciones políticas, a todas las ideologías –excepto la del libre mercado que era el sustento económico de sus acciones y el aparato logístico para complacer las disposiciones de las multinacionales financieras que lo favorecían-, además de desacreditar las aspiraciones intelectuales y política de la sociedad, pero específicamente a la izquierda peruana -venida ya a menos tras la caída del muro de Berlín y el fin de lo que se llegó a conocer como el socialismo real soviético-, sector político que fue asociado a los grupos alzados en armas, para legitimar así la represión y persecución de sus líderes, y poder contar con el apoyo masivo de la población, sobre todo el de los sectores económicos más bajos o desfavorecidos del país, que pasaron de ser un segmento poblacional generalmente apolítico, a ser uno antipolítico, alimentando en ellos el desprecio por las ideas, el desprecio por la tibieza o timidez del Estado frente a los disturbios y el odio a todas las instituciones democráticas, que son vistas como un lastre para la contención.

3. Desequilibrios y colapso de las instituciones

Se puede hablar de un período de crisis generalizada en el que las anomalías del sistema se van diseminando hasta contaminar todos los niveles de vida en sociedad: política, economía, cultura, religión, educación, deporte, arte, etc. Lo cual va originando que se prefiguren las condiciones de un colapso, que determinará el fin de una época y el principio de otra. El inicio de un período que podría estar marcado por nuevas posibilidades, pero también por el asedio de los fantasmas de un autoritarismo siempre presente y acechante. Por lo que quizá sea esa la eterna trampa de la institucionalidad en el Perú, que hace que, parafraseando a Marx del Manifiesto… podamos inferir que la permisibilidad de la “democracia” peruana, produce o suele producir, ante todo, a sus propios sepultureros. Sectores antidemocráticos y autoritarios, siempre acechantes y dispuestos a saltar el orden constitucional e invocar el “cuartelazo” cuando la democracia se vuelve un lastre para su situación de privilegios.

 

 

otto dix  - 1924

 

Debido a esto, la política peruana se ha caracterizado por una regularidad endeble; siendo la inclinación democrática, más cíclica y esporádica, que connatural a la sociedad peruana. Pues, si evaluamos los acontecimientos históricos, veremos que estos revelan un cuadro caótico y poco auspicioso, en el que se suceden indistintamente una serie de períodos democráticos y extensos períodos dictatoriales. Lo cual compone una gravedad escalofriante, si consideramos -solo por mencionar los últimos sesenta años- que desde el ascenso al poder en 1948 del General Odría, vía golpe de Estado, hasta el fin del mandato del comandante Ollanta Humala, 2016, en el gobierno peruano se han sucedido catorce presidentes y, de todos ellos, seis, de distinta duración, han sido de corte dictatorial: (Manuel A. Odría 1948 – 1956; Ricardo Pérez Godoy 1962 – 1963; Nicolás Lindley 1963; Juan Velasco Alvarado 1968 – 1975; Francisco Morales Bermúdez 1975 – 1980; Alberto Fujimori 1990 – 2000). Es decir, el promedio en el que se alternarían los períodos democráticos y los autoritarios, serían de diez años, aproximadamente. Lo que nos dice mucho de esa tensión permanente entre constitucionalidad y autoritarismo, como pulsiones que se habría acendrado en la sicología peruana.

En este sentido, en algún lugar David Held ha sugerido que la democracia es un conjunto de reglas que permanecen como un telón de fondo para acción política, que es la que la valida; mientras el fascismo no requiere de esas reglas; sino funciona como un poder desbocado, un poder que funciona o se ejerce fuera de esos márgenes normativos y que se concreta en el autoritarismo. Esto explicaría la relativa facilidad con la que, en el Perú, se suele quebrar el orden democrático, además del subrepticio desprecio, de corte fascistoide, hacia la política, y todo el orden legal que esta implica, de gran parte de la sociedad peruana, población seducida por el autoritarismo. Un deprecio encubierto, la mayor de las veces, tras el pretexto positivista, tecnocrático e ideológico del management económico en boga.

Así, a la experiencia de la fragilidad del aparato político-democrático peruano, que tradicionalmente ha solido debatirse entre estos dos hemisferios o posibilidades administrativo-gubernamentales: entre el autoritarismo y la democracia, democracia que en sus períodos más críticos ha sido arrinconada bajo el concepto de anomia; se suma el hecho de que durante los últimos años, gracias también a la fanfarria de significados y estrategias de marketing articuladas por el neoliberalismo económico en boga, o ideología hegemónica que ha implicado la “marketización” o mercantilización de todo lo peruano, con el espacio de lo político, de lo histórico y lo etnológico incluido en ello, se ha dado una suerte de “circo electoral” que, debido a la falta de seriedad que está caracterizando al espectro político peruano, falta de seriedad que está afectando la solidez del sistema democrático mismo.

Esta propuesta, que durante los últimos años ha adquirido para sí el nombre de Marca Perú, estrategia publicitaria que promociona un  país en venta, en la que incluso la democracia se ha mercantilizado, convirtiendo las elecciones o procesos electorales, siguiendo esta asonante tendencia,  en un mercado o en una suerte de “circo sufragista”, que ha dado origen a espectáculos sustentados en una serie de efectivas campañas político-publicitarias, que, como estrategias de compra y venta, cada cual más bizarra que la anterior, que se suelen reactivar cada cuatro o cinco años respectivamente, bajo el subterfugio de obedecer a una “fiesta de la democracia” o a la manifestación de una libre responsabilidad cívica, que ha dado como resultado, personajes políticos cada cual más bizarro que el anterior. Y si pensamos esto, en función al esquema dejado por Max Weber, esto ni siquiera obedecería a un principio de autoridad tradicional ni a una “dominación carismática”, pues la actitud lúdica y despolítizada de la población, ha creado, en los últimos años, memorables engendros políticos[vii].

En términos formales, estas tensiones entre democracia y dictadura, transformada en la oposición anomia y autoritarismo, son avaladas por el desinterés poblacional hacia lo político y lo social, por una sociedad civil casi inexistente, además de la crisis de representación en la que ha caído otra vez el sistema de partidos políticos y la democracia peruana, lo cual ha devenido en el asentamiento de una suerte de “reino de lo imprevisible”, en el que gran parte de la población peruana suele optar, a partir de las múltiples contingencias que le ofrece lo social y la vida cotidiana, a partir de las directivas y emociones hegemónicas del imperio de la improvisación sin límites, espacio en el que parece haberse convertido el país.

Esto, que podría tener su correlato en el espectro caótico que ha adquirido la ciudad en las últimas décadas, debido a la falta de planificación de su entorno urbano y político, en un país caracterizado por la improvisación sin límites, por los outsiders políticos, por el no-diseño, por la saturación contingente de los espacios, por la poca preocupación y descuido estético; por el atentado permanente contra el patrimonio nacional, y por una informalidad política, complementaria y acorde a una informalidad económica y social, que es la que, por lo general, auspicia  esta sucesión de quiebres y reconstituciones del aparato democrático legal.

De ahí que, esta noción de “nueva conciencia” social, en un contexto de degradación de aquella racionalidad que había inspirado los proyectos más serios de modernización peruana, degradación acelerada de manera insólita en un orden caótico que se retroalimenta, un orden “caosmósico” en el que la dinámica de los cambios políticos y antipolíticos, van exhibiendo, en ese trance, sus efectos multidimensionales y colaterales. Situación en la que las pautas institucionales que habían encausado los anhelos de futuro de la sociedad peruana, que habían sostenido la funcionabilidad del Estado desde los tiempos de instauración de la República hasta por lo menos los primeros o últimos años de los setentas, fueron desbordados. Originando, ante la inercia de las actuales estructuras políticas y sociales, poco flexibles, fiables y adaptables a este nuevo contexto, un contexto marcado el aumento de los antagonismos y por la fragmentación y la multiplicidad de lo social, frente a la crisis y falta de representatividad del sistema democrático peruano; en el que los sectores antisistémicos[viii] tienden a asumir un protagonismo problemático. Protagonismo debido al arraigo del autoritarismo y el subrepticio apego por lo dictatorial, en una población poco tolerante a la inseguridad y falta de certezas. Sectores populares cuyos intereses -que suelen identificarse con los intereses más retardatarios y retrógrados de la ultraderecha peruana- muestran una predisposición intolerante  y fanática hacia la aceptación de poderes desbocados. Algo que para nosotros se hizo evidente, durante la década del noventa, a partir de aquella inclinación mórbida hacia el autoritarismo y la corrupción, inclinación que siguen ostentando los actuales y aggiornados seguidores del fujimorismo.  

4. Egopolítica y el nuevo auge del autoritarismo

Desde este punto de vista, la sicología del limeño promedio o del neolimeño promedio resulta súper predecible. Sobre todo si hacemos un mapeo de las evoluciones de sus inclinaciones o preferencias políticas y antipolíticas, a lo largo de la historia republicana. Un historia en la que el fenómeno caudillista, o aquella pulsión criolla por el culto a la personalidad[ix], que parece estar inoculado en la sangre de los peruanos, ha evolucionado, para pasar desde aquella noción heroica y romántica, característica a los caudillos de los primeros años de la república, en relación a sus luchas y pugnas militares por el poder, casi sustentadas en la imagen del líder agonista y combatiente; hasta transformarse, sin perder su aspecto mesiánico y su carácter cuasi providencialista, en “caudillismos de escritorio”, como los que podrían caracterizar, con sus diferencias, a liderazgos carismáticos como los de Abimael Guzmán o Alan García, caudillismos que conceptualmente siguen calzando en esa taxonomía, de tipos de dominación o principios de autoridad weberianos, en lo que Max Weber denominó como “dominación carismática” -diferente de la tradicional, o de la específicamente racional, que sería el sustento de la modernidad política-, evidenciada en la fuerza emocional y motriz de los liderazgos carismáticos contemporáneos, “cuyas facultades mágicas, revelaciones o heroísmo, poder intelectual u oratorio”[x], encierran el detonante del fervor personal o arrobamiento que sienten por sus líderes o caudillos, los seguidores.

De ahí que cabe preguntarse también, pero solo como anomalías sociales que podrían afectar a estos los principios de autoridad carismática contemporánea, por aquellos liderazgos contrahechos, en los que los nuevos “héroes” o líderes no se caracterizarían ya por sus actitudes gloriosas o heroicas, ligadas, si se quiere, a aquellos mitos fundacionales o legendarios que podrían tener sus equivalentes modernos, los que les dotaría de esa aura mesiánica y luminosidad que los ubicarían como líderes naturales; sino que, estos nuevos liderazgos “caudillistas”, se dan por algún accidente social o burla del destino, y recaen en personajes oscuros, vacíos y caricaturescos, que por alguna razón o accidente histórico, salen de entre las sombras del anonimato y la estulticia, para asumir un poder de pretensiones totalitarias y guiar a un grupo social inexplicablemente seducido por su presencia. Personajes grotescos que la mayor de las veces emergen o se concretan desde las aspiraciones de bienestar, justicia o venganza del sector social que terminará elevándolo como su líder; como personajes vacíos que van a ser convenientemente llenados de significados, a partir de la proyección de los desesperados deseos de sus potenciales seguidores, para -en la mayoría de los casos en los que salimos de un período hasta cierto punto “democrático”, para pasar a uno de corte dictatorial-, enfrentar vía el recurso del golpe de Estado, a un protagonismo indeseable pero aún respetuoso del “estado de derecho”; y aniquilar así, debido a aquella añeja debilidad peruana por el autoritarismo, al sistema democrático que lo ha llevado al poder. Algo que en esencia nos muestra la debilidad de la civilidad y del sistema democrático frente a la pulsión dictatorial y al autoritarismo endémico de un gran sector de la población.

Algo de esto ocurrió en la década de los noventas, cuando el fujimorismo decidió aniquilar a las instituciones que le habían permitido escapar de la cloaca en la que estaba refundido, para salir, respirar buen aire y desde allí alcanzar el poder. Pues el fujimorismo, que alcanzó la presidencia desde un orden  electoral y democrático, pasó a edificar, a partir de algo conocido desde entonces como “autogolpe”, ese imperio de la infamia y terror, que recordamos ahora como el período de gobierno cívico-militar, post 5 de abril de 1992, más corrupto de la historia. Un contexto en el que la podredumbre y el autoritarismo fue corrompiendo y embarrándolo todo, hasta pervertir todos los niveles de vida en sociedad.

Fujimontes(c)inismo: Identidad siamésica o entidad del mal

Claro, podemos decir -si les creemos a las encuestadoras de entonces- que poco más de la mitad de la población estaba de acuerdo con esa “identidad siamésica” llamada fujimonte(s)cinismo, y que hasta hoy sigue estando de acuerdo con todo lo ocurrido durante aquella década. Pero cabe también aclarar, que ese amplio sector de seguidores obsecuentes del fujimontes(c)inismo, de alguna manera se beneficiaba o era beneficiado con las medidas y permisibilidad de aquel gobierno, sea a través de sus políticas asistencialistas -como las destinadas a los comedores populares y asociaciones  diversas, que, aunque de manera miserable, resultaban favorecidas-, sea a través de distintos favores políticos, de su tolerancia hacia el auspicio y la transgresión criminal, o de beneficiarse con la inyección de dinero recibidos de la corrupción.

Es comprensible, por ello, que durante la década de los noventas, años en los que confluyeron graves acontecimientos en el horizonte político -tanto nacional como internacional- se  haya dado un período en el que terminaron por colapsar los discursos acerca del Perú generados en los años veinte, dándose una crisis definitiva de los paradigmas  sociales y políticos, además de los discursos de modernidad y modernización de los pensadores de la generación centenario, que ,tras agotarse, no servían ya para dar respuestas a los retos de un nuevo status quo floreciente y dominante. Pues, el discurso ideológico y emancipador de la modernidad, se presentaba en el Perú como colapsado ante un contexto caótico, y una población saciada ya en su goce libidinal y dominada por los efectos irracionales de un poder que tendía a sobre pasarla.

En este contexto, la sociedad peruana de los noventas, y sobre todo la limeña, marcada por los rituales de los realitys, de la tecnocumbia y de los cómicos ambulantes, que aprobaba a rabiar hasta los actos para ellos más adversos y contrahechos del ejecutivo; se fue transformando en una sociedad el espectáculo, cuyas bases aplaudían también aquella política de “pacificación”, que de ser entendida como la vía para la contención y derrota de los grupos alzados en armas, se fue expandiendo hasta convertirse en carta libre para justificar la impunidad, la represión y la pretensión totalitaria de anular todo tipo de antagonismos endémicos a la sociedad peruana, con la finalidad de homogeneizar voluntades y deseos, y perpetuarse en el poder, en un país diametralmente dividido, polarizado y en crisis.

Las tres últimas décadas han significado un período de clausura para la sociedad peruana. Pues además del colapso psicológico de un país seducido por el autoritarismo, colapso que se evidenciaba en el fracaso del sistema de partidos, debido a esa suerte de “cualquierismo político”, además del desapego poblacional por la responsabilidad cívica -desapego que afectó también la solidez del sistema democrático-; se dio también el colapso del sistema económico, al fracasar el modelo de “industrialización por sustitución de importaciones” cepaliano, modelo latinoamericano de modernización que colapsa debido a la crisis inflacionaria y a la aguda recesión que siguió sobre todo al shock económico fujimorista de 1990. Período en el que, en la ciudad, las imágenes culturales tradicionales, es decir el referente cultural criollo y urbano, terminaron por ceder ante el protagonismo creciente de lo andino y lo chicha, que se fue enquistando en la cultura y el imaginario urbano limeño.

En este sentido, también se produjo una crisis de los ismos y del sistema de representación política, pues se fue cambiando el populismo, el socialismo o el aprismo de los años treintas o setentas, por el culto a la personalidad, convirtiendo a la democracia en una cita de egolatrías, que transformaron la política en egopolítica, como contextos o comparsas de egos, en los que fue inunda el fujimorismo, el alanismo, el humalismo, el toledismo o el nuevo (ego)ismo por venir. Y es en ese punto, en el que quizá la democracia dejó ya de implicar el establecimiento de un régimen de partidos, en convivencia y en diversidad, que se disputan el poder en un marco electoral legal, y que se sucederían en el gobierno, vía elecciones cada cinco años, actuando dentro de un orden jurídico con reglas claras; para pasar a ser una sucesión de personas sin identidad programática que gobernarían vía “piloto automático”, debido a un orden internacional controlado por los poderes fácticos de las multinacionales financieras.

No obstante, en un espectro político-social signado por una suma de inestabilidades, un contexto “caosmósico” que está haciendo imposible cualquier intento de planificación, certeza y predicción de lo venidero, todo esto se transforma. Así, ante la violencia política y social, los sectores marginales urbanos, y a la vez conservadores de los sectores C y D de la sociedad limeña, muchas veces antidemocráticos, agobiados por el desgobierno, la desprotección y las turbulencias políticas, la sociedad peruana parece apostar nuevamente por un régimen autoritario que acabe con los antagonismos; parece apostar por un gobierno de “mano dura” que “ponga orden”, incidiendo otra vez en el imaginario del modelo chileno pinochetista, que tuvo su correlato peruano en la década de los noventas, como el paradigma del desarrollo y pacificación vía los crímenes de la violencia y el autoritarismo; modelo que tuvo su avatar mediático en el Perú fujimontesinista, debido a la presencia transgresora de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos.

5. La República de Weimar en el Perú y la nueva identidad del mal

Una ciudad atestada de una juventud apolítica, transculturizada y “tribalizada” en torno a emociones colectivas efímeras, inútiles y sin sentido, se convierte en un campo político-social minado, en el que tienen a detonar no solo conflictos generacionales, sino conflictos en algunos de los casos sectoriales, que, pese a negarse recíprocamente, desarrollan, en muchos casos solo “antagonismos de cubierta” o performáticos, debido a confrontaciones sustentada en diferencias nada sustanciales, y marcadas únicamente por un concurso de egos y ambiciones personales. De ahí que, cuando estos antagonismos egotistas se hacen sociales, cuando son creados y diluidos por modas político-culturales masmediáticas o a partir de efectivas políticas populistas de dominación y aniquilación crítica, son monitoreados desde un poder central que se propone manipular o controlar los hilos de la conducta social. Y es en ese momento, en el que el libre mercado, a pesar de esa suerte de homogeneidad mental o estandarización ideológica producida por la manipulación de los medios de comunicación y la cultura de masas, exacerbado por un individualismo de supervivencia de los sectores pobres, reproduce un estadio en el que parece imperar la ley de la selva; es decir, un contexto en el que los más fuertes suelen prevalecer sobre los débiles, y aunque esto, en una sociedad de consumo, reciba el nombre de competitividad, es este el matiz que hace que todo discurso sea antropofágico y problemático.

 

Inestabilidad en la republica de Weimar, previa al ascenso nazi

Cabe decir que la crisis de la democracia, pasa a entenderse -sea del modo que fuere- como una crisis de parlamentarismo, como crisis del sistema de representación político-parlamentario que pone en riego la civilidad. Así, la democracia, ya sin el apoyo popular, con la población desentendida de su responsabilidad cívica, y con el Estado de Derecho convertido en un lastre para su supervivencia; tiene menores posibilidades de defenderse, y tiende siempre a perder. Por lo que, no obstante que casi ha colapsado el sistema de partidos, debido al cada vez mayor protagonismo de esa suerte de “cualquierismo político” electorero -domeñado por la frivolidad, la parodia y el culto a la personalidad-, la legalidad aún permanece como telón de fondo de la vida política, validando la democracia. En un contexto en el que el autoritarismo se presenta en confrontación abierta contra el sistema democrático, un sistema sustentado en un conjunto de reglas, de las que el fascismo siempre prescinde, pues este se valida únicamente por la fuerza.

En este sentido, ha sido la República de Weimar, entendida como régimen político y, por extensión, como el período histórico que tuvo lugar en Alemania, tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, que se extendió entre 1918 y 1933 -es decir, solo existió durante once años. Período que, aunque democrático, se caracterizó por una grave crisis económica, por su inestabilidad política y social, plagada de golpes de Estado por parte de militares y derechistas, e intentonas revolucionarias por parte de los izquierdistas, desde tensiones que, como combinación caótica, devinieron en el ascenso de Adolf Hitler y el Nacional Socialismo (NSDAP) al poder[xi]. Por lo que, la imagen del advenimiento del nazismo, que produjo el colapso de la República de Weimar, en Alemania, es el ejemplo paradigmático de imposición de un régimen autoritario, luego de un período de esbozos democráticos, que desemboca en el caos. Sobre todo porque, en dicho período, tanto la socialdemocracia como los comunistas alemanes se encontraban tan enfrascados en sus luchas intestinas, que no vieron venir el avance del nacismo, que terminó por arrasarlos a ambos.

Esto, que puede sustentar la idea de que, a una situación de anomia le suele seguir una de autoritarismo; nos explica algo que ya se ha hecho común en los estudios político-sociales, al recurrir al concepto que puede ayudarnos a comprender la situación actual del Perú, como esa suerte de República de Weimar peruana, en la que los sectores políticos hasta cierto punto todavía democráticos –que no obstante los índices de corrupción nos han demostrado su apuesta por el sistema político democrático-representativo- se ven enfrascado en luchas personales, mientras que el sector que ya nos ha demostrado ser antidemocrático y autoritario, el sector fujimorista, continua creciendo. Así la ciudad y la sociedad peruana contemporánea, se presenta como el período en el que cualquier cosa puede ocurrir, en el que no sabemos aún a qué atenernos. Esto sumado al hecho que diferentes sectores de la sociedad, están empezando a invocar el espíritu del golpe de Estado, como solución ante la incertidumbre. Desprendiéndose así un fenómeno ideológico y de actitudes que, de igual manera, tiende a reproducirse, diseminándose en todos los niveles económicos, políticos, sociales y religiosos, que puede derivar en algo todavía peor.

 

 

En un contexto socio-político plagado de seres de una moral perniciosa y vacía, en la que la debilidad por la corrupción y el delito, tiende a unificar sectores y economías distantes y distintas, pero a la vez moralmente muy parecidas. Sobre todo porque en cuestiones morales, los delincuentes ricos y pobres, es decir los criminales de arriba y los de abajo, en sus aspiraciones y reacciones antidemocráticas y conservadoras, suelen pensar lo mismo, confluyendo en aquella suerte de identidad en el mal, que los acerca. Por lo que sería esto lo que quedaría como tarea, como un marco de análisis por construir, y que podría caracterizar a una suerte de sicología o sociología de la corrupción. Pero también a la sicología del corrupto y autoritario, un autoritarismo identificado siempre a las pulsiones más oscuras. Lo que nos podría llevar, nuevamente, como hace más de dos décadas, hacia un contexto de aparente orden policiaco-militar, orden post 5 de abril del año 1992, día en el que se dio el golpe de Estado cívico-militar del fujimorismo. Acto que, pese a significar la suspensión del orden democrático y de la institucionalidad, recuperada hacia solamente una década, en el país; fue apoyado por un gran sector de la población peruana.

Es por ello que, históricamente, podemos identificar la década de los noventas, como el período que podría marcar un antes y un después, al momento de analizar los diferentes tránsitos políticos-sociales en el país. Sobre todo si evaluamos las tendencias a futuro, y las pensamos a partir de aquella suerte de “identidad en el mal”, que coronara dicho período. Pues ahora que un alto sector de la población parece buscar el retorno a la época de barbarie, pretendiendo olvidar aquella inseparable sociedad Fujimori–Montesinos, una identidad “siamésica” e  identidad del mal, que no puede ser divorciada, y plantean el retorno a un autoritarismo exorcizado de su careta corrupta; cabe recordar que, a estas alturas, resulta conveniente encarnar solo en Montesinos -visto como el pervertidor de su líder mesiánico, líder que regresará para devolverles lo que han perdido o lo que creen les pertenece- las culpas de todo lo malo ocurrido durante la década que les tocó gobernar, pues, para ellos, la única salida es ganar.

Gonzalo Portocarrero, en su libro Rostros criollos del mal, plantea leer los sucesos de esa época, como los síntomas de una extensión del mal entendido como una destrucción gozosa de la vida: “Si hubiese que remitir la “ética” de Montesinos  a un principio único, este tendría que ser el siguiente: “bueno es lo que conviene a mi goce”, es decir, a mí y a la misión que supuestamente me justifica. Con Lacan, podemos decir que Montesinos es esclavo o instrumento del goce de Otro [como lo fue también Goebbels], pero que de esta esclavitud o servidumbre, él deriva su propio goce. Las cuatro máximas que informan su relación con los otros y consigo mismo significan el avasallamiento de la ley moral. La ruptura con la justicia en la relación con  los otros y consigo mismo. El significado de esta ruptura es poner en marcha un proceso de desobjetivación, es decir, el predominio creciente de las categorías de necesidad e imposibilidad, el vicio y la esclavitud. En el mundo interior de Montesinos, la libertad está arrinconada; su subjetividad tiende a reducirse a una cosa o sustancia deshumanizada, presa de pasiones voraces que le hacen imposible sostener los vínculos que le permitirían relaciones veraces con los otros”[xii].

Los últimos sondeos nos dicen que más del 30% de la población está seducida por regímenes autoritarios, y la tendencia social indica que esto tiende a incrementarse. En un contexto, en el que el espectro político se viene polarizando nuevamente; dividiéndose, por un lado, entre la ultraderecha, como el sector fascista, radical y retrógrado representado por el fujimorismo; los políticos de la derecha racista e intolerante, que representa a algunos sectores que apadrinaron durante los noventas y que, en algunos casos, subrepticiamente continúan apadrinando a Alberto Fujimori, pero que apostarían aún por la constitucionalidad democrática; versus un sector indefinido de activistas, ambientalistas, movimientos sociales y políticos fracasados que, en este contexto, aparentemente parecen no representar a nadie.

En este sentido, este ambiente pre-autoritario, nos sugiere que el sistema democrático peruano ha sido otra vez herido de muerte, y que de él surgirá el personaje que le dará el tiro de gracia. Y las encuestas nos vienen mostrando ya esta tendencia. De esta manera, las esperanzas depositadas en aquella difícil transición democrática, sedimentada en los sueños de grupos y movimientos sociales que lucharon por recuperar la legalidad y la ansiada estabilidad democrática, otra vez se van diluyendo.

Podríamos ensayar respuestas y decir que la responsabilidad la tiene la dudosa moral y la torpeza de los sucesivos gobiernos “democráticos”, como el  de Alejandro Toledo, el de Alan García y el de Ollanta Humala. A todas luces, podríamos pensar también que el breve renacimiento de la institucionalidad en el Perú podría estar terminando. Entonces, nos ubicamos nuevamente en el inicio, en un período de convulsiones, anomalías y desorden, como el de la República de Weimar, en la que en cualquier momento surgirá un tirano que hará colapsar nuestro endeble Estado de Derecho. Esa es la trampa de la legalidad, de la institucionalidad y de la democracia política, que está indefensa ante los cambios que se avecinan.

Rafael Ojeda

Notas

[i] Guattari, Felix (1996). Caosmosis. Buenos Aires, Ediciones Manantial,  p. 99-100.

[ii] “La revolución molecular es portadora de coeficientes de libertad inasimilables e irrecuperables por el sistema dominante. Esto no significa que dicha revolución molecular sea automáticamente portadora de una revolución social capaz de dar a luz una sociedad, una economía y una cultura liberadas del CMI [Capitalismo Mundial Integrado]. ¿No fue acaso una revolución molecular la que sirvió de fermento al nacional-socialismo? De aquí puede desprenderse lo mejor y lo peor”. Guattari, Felix (2004). Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares. Madrid: Traficantes de Sueños. p. 69.

[iii] Los fujimoristas, hasta el día de hoy, siguen justificando este golpe de Estado, bajo la coartada de que fue una medida necesaria para derrotar al terrorismo y estabilizar la economía peruana. Actualmente Alberto Fujimori, se encuentra en un penal de máxima seguridad, acusado de violaciones a los derechos humanos y de corrupción.

[iv] El largo período de gobierno de Alberto Fujimori se extenderá desde el 28 de julio de 1990, hasta el 21 de noviembre del 2000, pues, tras los sucesos del 14 de septiembre de ese año, en el que saldrá a luz el primero de los llamados “vladivideos”, el régimen dictatorial se vendrá abajo.  Fujimori huyó a Japón, país desde el que renunciará a la presidencia vía fax. En tanto Montesinos será atrapado en Venezuela.

[v] En realidad la cita literal es “Wenn ich Kultur höre… entsichere meinen Browning”, es decir: “Cuando oigo hablar de cultura… le quito el seguro a mi Browning”. Atribuida a Göring debido a que aparece en boca de este, en la obra teatral nazi Schlageter del dramaturgo alemán Hanns Johst.

[vi] Alpinchista, jerga de connotaciones sexuales masculinas, que podría leerse como indiferente.

[vii] Véase Weber, Max (1969). Economía y Sociedad II. México: Fondo de Cultura Económica. pp. 711-713. En este sentido, algunos de los engendros políticos, pasados y presentes, serían Susy Díaz, Alfredo Gonzáles, Delgado Aparicio, Denis Vargas, personajes que con el paso de los años se han ido despersonalizando en el Congreso, hasta encarnar nominalmente sus acciones, para ser recordados únicamente como el “Come pollo”, la “Roba cable”, la “Lava pies”, el “Mata perro”… además de otros parlamentarios que han hecho de la política y la democracia, una payasada sufragista. Algo que ha venido incubándose desde tiempos del fujimorismo, hasta terminar por debilitar a los demás poderes del Estado.

[viii] Entiéndase aquí como antisistémicos, a los sectores autoritarios y antidemocráticos que defienden la instauración de un régimen de facto, es decir que añoran una dictadura, además de los grupos alzados en armas.

[ix] Aquí nos veíamos inclinados a utilizar el término “personalismo”, pero no lo hicimos debido a que este nos refiere a una corriente filosófica, ligada a Emmanuel Mounier.

[x] Weber, Max (1969). Economía y Sociedad II. México: Fondo de Cultura Económica. p. 711

[xi] La República de Weimar, denominación que procede del nombre de la localidad homónima, Weimar,  en Alemania, ciudad en la que se reunió la Asamblea Nacional Constituyente, que proclamó la Constitución de 1919, que le dio el acta de nacimiento. La República de Weimar se extendió hasta el  23 de marzo de 1933, cuando, luego de que los nazis obtuvieran la mayoría en las elecciones al Reichstag, aprobaron la Ley habilitante que significó su fin.

[xii]Portocarrero, Gonzalo (2004). Rostros criollos del mal. Lima: Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales del Perú.

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