Categoría: FRACTALIDAD

LIMA: FRACTALIDAD Y EL MITO DEL PUNTO FIJO


CAOSMOSIS Y EGOPOLITICA CONTEMPORANEA 1: LIMA:FRACTALIDAD Y EL MITO DEL PUNTO FIJO

Rafael Ojeda

Lima, la ciudad-capital peruana, se presenta hoy como un conglomerado de estilos arquitectónicos y urbanísticos diversos, estilos provenientes de períodos históricos, escuelas arquitectónicas y niveles socioeconómicos y culturales múltiples. Estilos que al confluir en un mismo territorio, han ido determinando esa imagen de megalópolis moderna, policéntrica, fragmentada, multicultural, informal y posmoderna que actualmente la caracteriza. Presentándose como una entidad concreta que, producto de la evolución constante, pues fue fundada para dar solución a los problemas específicos de la época en la que fue concebida, con el paso de los años, no obstante lo notable de sus ejes de modernidad y desarrollo, debido al crecimiento demográfico constante y a los profundos cambios económicos, políticos, sociales y tecnológicos, ya no pueda responder a las novísimas exigencias de la vida social y a los cambios globales.

catedral-de-lima

La catedral de Lima

No obstante ello, cuando se trata de sus zonas históricas, la crisis puede ser atribuible a la carencia de una efectiva política de conservación patrimonial, y a la negligencia oficial, que continúa haciendo de la mayoría de puntos históricos y casonas antiguas, que aún resisten al abandono y al paso de los años, cubículos tugurizados, hacinados y en ruinas. Algo complementario y acorde a una política de modernización indiscriminada, guiada la mayoría de las veces, por una lógica más mercantil que funcional o patrimonial, que está depredando considerablemente los espacios históricos, afectando el impacto visual de dichas zonas. Por lo que, la otrora Ciudad de los Reyes -llamada así desde su fundación, en homenaje a Carlos V y doña Juana, o, como dijeran otros, en conmemoración de los Reyes Magos[i]-, ha venido experimentando, durante todo este tiempo, múltiples transformaciones. Cambios que han ido planteándole nuevos desafíos, ante el crecimiento desmedido y caótico de sus periferias suburbanas, producto de las múltiples oleadas migratorias, y a la incursión en la ciudad, de miles de pobladores provenientes de sectores rurales pauperizados, y de desplazados por la violencia política y guerra interna que asoló al país durante las dos últimas décadas del siglo XX.

Décadas en las que los inmigrantes, para poder sobrevivir en una ciudad que los marginaba y excluía, tuvieron que edificar, en la informalidad, un espacio económico y vivencial alternativo, que les permitiera morar, producir, comerciar y desplazarse para salir de la pobreza. A partir de cambios ahora caracterizados por una ausencia de planificación y soporte urbanístico, y dinamizados por el crecimiento caótico de sus periferias, producto de las oleadas migratorias que, tras plantearle desafíos nuevos, la han llevado al borde del colapso. Una crisis sorteada solo parcialmente, debido a la emergencia de nuevos ejes autónomos de desarrollo, que la han dividido en Lima Este, Lima Norte y Lima Sur.

1. Teoría del caos y exacerbación de las diferencias

Se dice que a períodos de convulsiones y crisis le suceden períodos de autoritarismo, autoritarismo que en el Perú ha sido apoyado por amplios sectores populares que, durante el período fujimontesinista de los años noventas, apostaron por la desintegración del modelo democrático parlamentarista, en favor de la centralización del poder en el Ejecutivo, que empezó a desestructurar todos los controles democráticos de la sociedad, para ejercer un poder sin límites, que se legitimaba frente una economía colapsada, al aumento creciente de la violencia terrorista, y a una institucionalidad y credibilidad política destruida por el conjunto de partidos políticos desacreditados moralmente.

En las ciudades, estas contradicciones, han venido originando turbulencias que están siendo resueltas al margen del control estatal. Por lo que la ciudad, concebida como centro del multiculturalismo y eje de la construcción democrática, al no poder responder a los nuevos desafíos planteados por el crecimiento caótico, producto de las migraciones, de los asentamientos humanos ubicados en las periferias urbanas, se fue ubicando al borde del colapso. Haciendo que las teorías multiculturalistas y las más estrictamente interculturales, que plantearían -ante la transparencia democrática de las comunicaciones en la sociedad de la información-, el advenimiento de una ciudad de tolerancia plural y en armónica convivencia, se vayan al traste, ante la xenofobia y los mecanismos de exclusión de una ciudad oficial, que no ha dejado de discriminar y segregar tanto al pobre, como al diferente.

Siguiendo esta lógica, podemos decir que la historia ha continuado mostrándonos que a períodos de intenso desorden y caos le suelen seguir períodos de totalitarismos. Sobre todo si por totalitario prevemos un régimen que subordina todos los actos individuales a la acción del Estado y su ideología. Lo que, ante el crecimiento de los índices de criminalidad y violencia, en un juego de oposiciones en el que la libertad y la seguridad se excluyen, optar por una alternativa implicará necesariamente el sacrificio de la otra. Y en este dilema, sabemos que la mayoría apuntará por la seguridad en desmedro de la libertad.

En este sentido, la teoría del caos o las teorías de las catástrofes, si seguimos lo apuntado por René Thom, por ejemplo, plantea que las discontinuidades e inestabilidades pueden ser producidas a partir de secuencias determinadas que dan lugar a “formas inesperadas” que pueden ser reducidas a un solo hecho causal. En la vida en sociedad, el sujeto causal se vislumbra en la población que, ante el vértigo de las inestabilidades y el caos se ve seducida por el autoritarismo, e invoca un poder desenfrenado que para ellos implicará seguridad, la estabilidad y la promesa de un futuro orden, pero que tendrá efectos inesperados en el Estado de Derecho y en los Derechos Humanos.

No obstante ello, esta descripción que debería ser suficiente, si evaluamos las analogías sociales que surgen ante un pequeño análisis, se enfrenta a un fenómeno mucho más complejo, sobre todo si consideramos que la brecha existente entre el Estado y el sector social marginado, se debe al distanciamiento que media entre el poder político y los sectores populares que también deberían estar representados, normados y protegidos por el Estado, pero que no lo están, pues estos se encuentran al margen de los proyectos políticos de una sociedad aparentemente ya abastecida sin ellos.

De ahí que el espectro de acción de estos sectores, que deben evolucionar ante la agudización de los conflictos sociales, medioambientales, la situación de insalubridad general de las periferias y la degradación moral que ha aumentado los índices de criminalidad y violencia, se ha ido ampliando rápidamente. Por lo que, de estar ubicados en los cinturones de miseria de la metrópoli, como mecanismo de inserción y supervivencia que les ha permitido salir adelante en una sociedad que los excluía, fueron invadiendo paulatinamente el centro y algunos distritos criollos de la gran Lima, llegando ha edificar un mercado paralelo que, al margen de las instituciones legales, en la búsqueda de ese centro alternativo alcanzó su apoteosis en el otrora boom comercial de Gamarra, convertido en la punta del iceberg, de un fenómeno social más complejo.

2. Crisis y lógica de los desplazamientos

Con la caída del mito del desarrollo y la conciencia de la crisis propagada en todos los niveles de vida en sociedad, una crisis que se fue diseminando hasta en las esferas de la vida privada, mucho de los proyectos y evaluaciones urbanísticas tradicionales han perdido sentido. Sin embargo, en la dicotomía campo-ciudad, si analizamos esto en términos funcionales, veremos que hay un factor que le da al espacio urbano un atractivo especial, atractivo cimentado en las tesis tecnocráticas, que han ubicado a la ciudad como eje de industrialización, modernidad y progreso, quedando lo rural como el espacio de la premodernidad y producción artesanal, en el que el tiempo parece haberse detenido en su primitivismo.

Y es debido a ese magnetismo urbano que ha dinamizado los desplazamientos humanos, que las continuas olas migratorias han originado un crecimiento desordenado de los centros poblacionales más importantes del país, ocasionando el aumento de los índices de pobreza y la delincuencia, que podría explicarse ante el vacío normativo que implica la ausencia del Estado en estas periferias urbanas. Pues en Lima, las múltiples oleadas de migratorias han ido variando la configuración capitalina hasta hacerla mestiza, multicultural, y con un alto índice de población provinciana. Por lo que, “Según el censo de 1993, Lima registró un saldo migratorio positivo de 2 181 835 personas a través de su historia”[ii].

Estos desplazamientos, que podrían periodizarse de la siguiente manera: 1) Los de los años veinte y treinta, con el auge del primer indigenismo de Luis E. Valcárcel, Clorinda Matto de Turner, José Carlos Mariátegui, Ciro Alegría, además de la irrupción provinciana en la capital, aun planificada. 2) Las oleadas de los años cincuenta y setenta, del segundo indigenismo, con José María Arguedas, y movilizaciones que obedecían al empobrecimiento de la economía agraria, que funcionaba como factor de expulsión de migrantes, donde la gente que habitaba en comunidades autosuficientes, sustentadas en el agro, empezarán a trasladarse a las ciudades, movilizada por una crisis que no podrá ser solucionada por las reformas del general Velasco Alvarado. 3) La de los ochentas y noventas, marcada por la violencia política de grupos subversivos –Sendero Luminoso y el MRTA-, paramilitares -el Comando Rodrigo Franco y el Grupo Colina-, y el terrorismo de Estado, articulado por los presidentes de turno, algo que, sobre todo tras el autogolpe del 05 de abril de 1992, del gobierno de Alberto Fujimori, se convirtió para la población en insufrible. Cabe resaltar que esta tercera ola de flujo migratorio, desde las zonas de emergencia, hizo que inusualmente Lima sea receptora de otro tipo inmigraciones, de los desplazados por el terrorismo, que buscaban más bien un refugio, ante su obligado de exilio. Un refugio que les permitiría seguir viviendo, ante el proceso traumático que les había significado la guerra terrorista. Migrantes que, tras su doloroso arribo a la capital, descubrirían que Lima, centro económico y político del Perú, vivía para sí misma y de espaldas al resto del país.

De esta manera, el avasallante proceso de urbanización fue desapareciendo los espacios capitalinos dedicados a la agricultura, y creando nuevos focos urbanos. Los distritos surgidos de barriadas y urbanizaciones populares en los que décadas atrás se habían instalado los primeros asentamientos humanos vía invasiones ilegales de tierra, en los que se vivía en condiciones insalubres, irán progresando año a año. Lima y sus zonas periféricas -San Martín, Comas, Carabayllo, Independencia, El Agustino, Villa María del Triunfo, Villa el Salvador, San Juan de Lurigancho y otros- se irá convirtiendo en un complejo de forasteros, en los que las masas migrantes irán determinando las profundas transformaciones que definirán su nueva imagen. Por lo que el espectro de la nueva Lima será otro. No solo marcado por una faceta andina, pues en estos nuevos espacios se fueron hibridando culturas, surgiendo géneros nuevos, como la chicha –música andina fusionada con la tropical y ejecutada con instrumentos electrónicos modernos-, que engloban las múltiples expresiones culturales ligadas a un proceso de sincretismo de costumbres que se van renovando y modernizando en este transe.

En este contexto, es decir, tras el encuentro entre el patrimonio traído por el migrante que se ha ido arraigando en el antiguo residente limeño de las periferias y en las segundas y terceras generaciones urbanas, proceso que con el tiempo se ha ido homogenizando hasta convertirse en un distintivo cultural nuevo que caracteriza a los sectores populosos de la capital peruana, los denominados conos norte, sur, este, desde hace mucho, han dejado de ser ciudades dormitorio para convertirse en centros de producción, que en miras de convertirse en microregión han pasado a ser denominados Lima norte, Lima sur y Lima este, gracias a un auge comercial que ha hecho que sus habitantes ya no necesiten bajar a Lima ni a otros lares, pues viven, crecen, trabajan, estudian, consumen y se divierten en sus propios distritos, sin que aparentemente les haga falta nada.

3. Cartografías de la ciudad contemporánea

No obstante la sobrepoblación de la ciudad, el crecimiento de Lima ha sido básicamente horizontal, pues solo un sector de la clase media limeña nativa ha preferido vivir en edificios ubicados en Miraflores y San Isidro, mientras el resto optó por viviendas unifamiliares ubicadas en condominios reservados o “ciudades cerradas” y balnearios distantes como Asia. En tanto la expansión vertical, característica de las ciudades modernas del mundo, en la capital peruana ha sido discreta, aunque reactivada tímidamente durante los últimos años, ante los edificios y proyectos viviendas multifamiliares promovidos, entre otras cosas, desde el poder central.

En este punto, cabe decir que el proceso migratorio ha sido asimétrico, debido a que existe un factor étnico-cultural importante para entender el por qué los migrantes costeños -a diferencia de los andinos y amazónicos- prefieren o han preferido los barrios criollos asentados y los arriendos, y no ha participado de las redes de invasiones y tomas de tierras protagonizadas por los andinos. Lo que se explica debido a que estos migrantes se sienten más parecidos a los criollos capitalinos, además de carecer de las relaciones de parentesco y costumbres que tienen los migrantes provenientes de la sierra, lo que no les ha permitido construir sus casas por un sistema de ayuda mutua, como si lo pudieron haber hecho los otros grupos. Lo cual explicaría el por qué los migrantes serranos ostentan un mayor porcentaje de viviendas propias que los costeños[iii].

Así, la nueva configuración metropolitana está marcada por un matiz andino y el auge de la informalidad. Los edificios coloniales, el Palacio de Gobierno y la Catedral de Lima, se ven contrastados por una nueva estética. Pues ahora, el centro histórico, otrora sede de la élite criolla, desde hace mucho ha sido tomado por nuevos pobladores que empezaron a hacinarlo; en tanto los neolimeños, o migrantes de la generación anterior, fueron proliferando hacia los viejos barrios mesocráticos, ante la irrupción de los nuevos migrantes, que fueron extrendiendo aún más la capital.

Las cifras nos han dicho que, no obstante estos desplazamientos y tránsitos ciudadanos, los distritos que siguen concentrando el mayor índice de riqueza son Surco, La Molina, San Isidro, San Borja y Miraflores, con un 98% de habitantes del sector “A”: “Lima cuadrada virreinal, ha venido cristalizando ese nuevo rostro desde la década de 1960. Se ha hecho ajena, por vez primera en nuestro proceso histórico, a los sectores opulentos y medios. Sus calles adquieren el aspecto de ferias provincianas. Sus múltiples servicios son mayoritariamente utilizados por esos nuevos personajes populares y el sector de la economía contestataria tiene en ella su núcleo de acción más importante. (…) La irradiación de este nuevo rostro del corazón de Lima que está ahora más teñido de andino que nunca y que borra la faz hispánica, comienza a expandirse segmentariamente a distritos como San Borja, La Victoria, Breña, Jesús María, Lince, Pueblo Libre, Magdalena del Mar y aun San Isidro y Miraflores”[iv].

También podría desprenderse de esto, la idea de que el desarrollo por la vía informal, ha permitido a los ya no tan nuevos pobladores de Lima, adaptarse a los modos de producción de las ciudades, pues la ausencia de normas que reglamenten la convivencia pacífica y en sociedad, los había dejado, en lugares donde la incidencia de delincuencia ha alcanzado niveles mayúsculos, en una condición de indefensión que ha sido enfrentada vía la autoorganización vecinal. En un contexto en el que, aproximadamente un 80% de la población de Lima Metropolitana vive en asentamientos urbanos populares, en tanto el 20% restante se concentraría en barrios residenciales de los sectores medios y altos. Así, del 80% de la población considerada como habitante de sectores populares, casi el 37 % radica en barriadas, el 23% en urbanizaciones populares y el 20% en tugurios, callejones y corralones, de lo que se desprende que las barriadas constituyen el asentamiento mayoritario de los sectores populares[v]. “En las últimas cuatro décadas el espacio urbano de Lima ha crecido 1,200% Este solo hecho es impresionante, pero lo es más si consideramos que ese enorme crecimiento ha sido fundamentalmente informal. En efecto han adquirido, habilitado y/o edificado sus vecindarios al margen o en contra de las disposiciones estatales, construyendo asentamientos informales”[vi].

4. De la marginalidad a la informalidad

Podemos entender la marginalidad como condición de no inserción en un sistema determinado o imposibilidad de aceptación por el mismo. Los migrantes tras su arribo a la ciudad y notar que esta los marginaba de “los beneficios del proceso de urbanización e industrialización, iniciaron un proceso de constitución de un espacio propio en la sociedad urbana”[vii]. Por lo que el instinto de supervivencia hizo que estos migrantes avanzaran con premura desde la marginalidad y exclusión en la que estaban sumidos, hasta las fronteras de la inclusión y casi integración. De marginales estos se hicieron informales, y ante la ausencia de vivienda y trabajo tuvieron que asentarse en cerros y arenales con lo que pudieron, inventando sus trabajos sobre la marcha. En un inicio no invadieron ni ocuparon las ciudades. “Una vez verificada la imposibilidad de internarse en ellas, las ensancharon, es decir, se desplazaron, agruparon y desarrollaron en sus márgenes. Lo propio ocurrió en la economía, ellos no tomaron empresas modernas ni lograron empleo en ellas, ensancharon entonces la economía y crearon empresas en sus fronteras”[viii].

La informalidad “conforma una textura de resistencia masiva, abierta o encubierta, al cumplimiento del orden jurídico formalmente vigente”. Pero no solamente eso, pues “estaríamos incluyendo, en el concepto de informalidad, a la transgresión del tejido institucional por la vía del delito. Por ello, es necesario apuntar que la informalidad, si bien entraña una resistencia masiva, abierta o encubierta, al cumplimiento del orden jurídico formalmente vigente, no importa necesariamente la incursión en el delito, habida cuenta que el propósito de los agentes es lícito”[ix]. Los nuevos habitantes de la ciudad, para poder vivir, comerciar, manufacturar, transportar, consumir y escapar de la miseria, tuvieron que apelar a hacerlo ilegalmente. Pero no dentro de una ilegalidad con fines antisociales, características de los crímenes como el robo, el secuestro y el narcotráfico, pues no se presentan como informales los individuos, sino sus hechos y actividades, siendo estos hechos medios para poder subsistir debido al elevado costo de la legalidad. Instaurándose entonces un mercado paralelo, alternativo al oficial, que para Matos Mar viene a ser “el sector de la economía contestataria”.

Por su parte el proceso de informalización de la nueva sociedad, se ha desarrollado obedeciendo a una lógica interna que va copando diversas manifestaciones económicas y sociales de la capital. Hernando de Soto, ha esquematizado esto en cuatro niveles. El de la industria informal, el de la vivienda informal, el del comercio informal, y el del transporte informal. Para De Soto este fenómeno solo puede ser visto como una Revolución Informal, debido al hecho de que el sector social postergado y excluido de la vida económica oficial, ha logrado edificar un mercado alternativo que ha demostrado ser tan eficiente o más que el mercado oficial, debido a la flexibilidad de su apogeo reconocido en grandes zonas comerciales como Gamarra, viendo este fenómeno como una verificación de que el pueblo es esencialmente capitalista y liberal.

Resulta evidente que el título El otro sendero, del libro de De Soto, aludía al grupo subversivo PCP-Sendero Luminoso que iniciara la “guerra popular” contra el Estado Peruano en mayo de 1980, mostrándole de esta manera, que ante la discriminación y el olvido, en las ciudades, el sustrato popular de esta lucha no optaba por una revolución marxista sino por una liberal ligada a lo informal. Por lo que el liberalismo económico, pese a los continuos rótulos de los sucesivos gobiernos –según De Soto-, nunca habría existido en nuestro país, y solo ahora, es decir en los ochentas, gracias a la informalidad, aunque de manera salvaje, se ha empezado a imponer en el país, como una respuesta política de los sectores afligidos por el apartheid económico y jurídico del que son víctimas[x].

Y no obstante lo seductor de este diagnóstico, cabe decir que este tipo de “naturalismo” liberal, del esquema de De Soto, deja de lado el factor psicológico y social de la población, entrando en contradicción, ante las turbulencias sociales originadas por la pobreza e injusticia, con las reivindicaciones sectoriales exigidas por los movimientos populares. Donde estos vacíos legales, vistos como anomalías, ante la falta de respuestas del poder central a los nuevos desafíos sociales planteados por la informalidad, devienen en una crisis que deberá superarse mediante una nueva jurisprudencia. Pues, la colectividad desarrollada al margen de lo previsto, en ese nuevo paraíso sin normas y de mercado libre, si lo planteamos en términos carísimos a Hernando De Soto, empieza a exigir una nueva política que implique una profunda reforma del aparato estatal, con la pretensión de democratizarlo y descentralizarlo.

5. Una confrontación silenciosa

El desborde popular, debido también a los intensos cambios sociales y políticos provocados por las migraciones,

devino en la crisis en el Estado. Un desborde que tras sobrepasar los marcos normativos y el régimen institucional del poder político, fue esquematizado por José Matos Mar, en su libro Desborde popular y crisis del Estado, apuntando al proceso de anomalías en el que entró el Perú como resultado de las migraciones y desplazamientos humanos, debido a aquella creciente aceleración de aquella dinámica insólita, que remeció las estructuras sociales y culturales clásicas del País. Lo que produjo un nuevo rostro urbano, que está forjando una nueva identidad de grupo o colectivo social. “En este enfrentamiento, las estructuras de la cultura, la sociedad y el Estado resultan desbordadas y se rebelan obsoletas. El desborde generalizado se expresa así bajo la forma de un a implícita desobediencia civil de las masas en ascenso, que se limitan, por ahora, al cuestionamiento pacífico de la ley en los vacíos de poder generados por la crisis económica y la debilidad gubernamental, y que derivan a la violencia cada vez que el estado y la institucionalidad intentan recuperar el control mediante el uso de la fuerza”[xi]. Algo que lo enfrenta a una población que ha cuestionado y desarrollado creativamente múltiples estrategias de supervivencia y de acomodo, contestando y rebasando el orden establecido, la norma, lo legal, lo oficial y lo formal.

Cabe decir que en el migrante, el desplazamiento mismo implica una ruptura con la normalidad, el quiebre con una tradición definida por la sucesión familiar, la alteración de la larga tendencia histórica que los había mantenido aislado en sus comunidades. Tal vez por ello se podría ver a los inmigrantes esencialmente como transgresores, pues parecen no reconocer autoridad alguna, presentándose como invasores, como comerciantes informales o como industriales y transportistas informales. Mas, esencialismos de este tipo podrían resultar inexactos debido a la complejidad del problema, pues, los datos nos dicen que ante las adversidades, tienden a mostrarse más reactivos que racionales. Es por ello que ante el caos y falta de normas, la población parece añorar una suerte de dictadura de la seguridad, que, en este contexto, se podría vislumbrar como peligrosa.

José Matos Mar fue quien mejor comprendió el proceso de construcción de la nueva Lima, una gesta que se inició en los años 40 y continúa en la actualidad.

En este contexto, los sucesos de los últimos años, nos indican que la crisis y descrédito en el que ha caído sistema democrático, debido a la corrupción e ineficacia de la clase política, que parece no representar a nadie, nos está situando nuevamente, como hace veinticinco años, ante la configuración de una sociedad anómica que parece clamar por un régimen autoritario. Ante la ausencia de una racionalidad que justifique la acción política, y un gobierno que transita dando tumbos. Con un Estado en crisis y de débil legitimidad, y sin la capacidad para responder a las presiones y demandas de las masas, que buscan, ante el aumento de los índices de criminalidad, seguridad y la satisfacción de sus necesidades.

Todo esto está propiciando que, ante las convulsiones sociales, ciudadanos conservadores y de extrema derecha, no comprometidos ni identificados con las exigencias sociales y políticas que podrían democratizar al país, y opuestos a los posibles cambios en una coyuntura socioeconómica de la que suelen sacar provecho, apelen al recurso del golpe de Estado o a la imposición de un régimen de corte autoritario, en espera de que el autoritarismo acabe con los índices de violencia social y criminal; pacificando y anulando también con ello, a los movimientos sociales y sus demandas, demandas que resultan perniciosas para un status quo que los favorece y alienta. Un fenómeno ideológico, de actitudes que tienden a reproducirse en todos los niveles económicos y sociales, con una moral perniciosa y vacía que se está diseminando en los centros, intersticios y márgenes urbanos y suburbanos. En los que la que la debilidad por la transgresión, la corrupción y el delito, y sus correlatos criminales, tienden a unificar sectores y economías distantes y distintos a la vez, pero moralmente parecidos. Sobre todo porque, en cuestiones morales, los delincuentes de los sectores altos y pobres, los intereses de los de arriba y los de abajo, tienden a parecerse. Pues en sus aspiraciones y reacciones antidemocráticas y conservadoras, autoritarias y opuestas a toda protesta y cambio, suelen desear lo mismo y por lo general se identifican.

Rafael Ojeda

 

lim22

 

 

 

Notas

[i] Costumbre que quizá se fue asentado, debido a que durante mucho tiempo se creyó que la fundación de Lima se había realizado un 06 de enero, y no un 18 de enero de 1535, como sabemos ahora. Véase Leguía, Jorge Guillermo. Historia y biografía, Asociación Cultural Integración, Lima, 1989, pp.43-44.

[ii] Arellano Cueva, Rolando y Burgos Abugattas, David. Ciudad de los Reyes, de los Chávez, los Quispes… Ediciones EPENSA. Lima. 2003. p. 58.

[iii] Golte, Jürgen y Adams, Norma. Los caballos de Troya de los invasores. IEP Ediciones. Lima. 1987. p.37.

[iv] Matos Mar, José. Desborde popular y crisis del Estado, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2005. p. 79.

[v] Estadísticas tomadas de Matos Mar. Op. cit. p. 69.

[vi] De Soto, Hernando. El otro sendero. Instituto Libertad y Democracia, Bogotá, 1987. p. 17.

[vii] Chávez O’brien, Eliana, De marginales a informales, DESCO, Lima, 1990, p. 81.

[viii] Franco, Carlos, citado por E. Chavez. Ibíd.

[ix] Bustamante Belaúnde, Alberto. De marginales a informales, DESCO, Lima, 1990, p. 18.

[x] En un artículo publicado en la revista Vuelta 123, de febrero de 1987, Mario Vargas Llosa llamó a este fenómeno “La revolución silenciosa”.

[xi] Matos Mar, José. Desborde popular y crisis del Estado, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2005. p.

Anuncios